Una tarde, hace ya un montón de años, me acerqué a la
Cañada de las Fuentes desde el pueblo de Cazorla. El sitio estaba de moda entonces, bajo el reclamo turístico de ser el punto oficial de
nacimiento del Guadalquivir, el “Gran Río” de
Andalucía.
La primavera daba sus últimas boqueadas y hacía calor de más en aquella
alegre y luminosa tarde. El polvoriento carril ascendía por la margen
izquierda del río hasta un portillo rocoso, que obligaba a cambiar de
orilla valiéndose de un puente. Tras él se abría de nuevo el valle, en
el que un letrero, junto a una casa forestal en ruinas (¡qué pena!),
indicaba que había llegado a mi destino. Algunos vehículos allí
aparcados se me habían adelantado.
Una alfombra mullida y verde acogía a
unas cuantas fuentecillas, que desparramaban un modesto caudal hacia el
arroyo recién nacido. Más abajo, en los pilares del viejo puente que
acababa de cruzar, y al cobijo de un singular arco de piedra caliza,
manaba mas agua. Me dijeron que aquel era realmente el nacimiento, más
firme que los anteriores manaderos, que llegaban a secarse. Una placa
empotrada en la pared de un tajo daba cuenta del insigne punto de
Andalucía en el que me encontraba.
Nacimiento oficial del río Guadalquivir, en la sierra de Cazorla (Quesada, Jaén)
Viendo el agua despedirse de su eterno abrazo con la piedra, camino
del inmenso océano Atlántico allá por Sanlúcar de Barrameda, mi
imaginación voló hacia los acontecimientos que aquel estratégico lugar
tuvo que ver pasar a lo largo de la historia. Y fue entonces, sin
proponérmelo, cuando sentado al sol a la misma orilla del agua me
vinieron a la cabeza algunas conjeturas sobre por qué ese precisamente, y
no otro, fue el punto elegido como nacimiento del Guadalquivir. Me
sumaba con ello a otros muchos que habían hecho correr ríos de tinta, en
este caso, sobre los posibles orígenes de este emblemático cauce
andaluz.
Los griegos bautizaron a esta arteria principal del sur peninsular como
río Tartessos, si bien asentados preferentemente en la costa no entraron a buscar sus fuentes. Los romanos lo llamaron
Baetis, y con ellos se inició la controversia sobre sus fuentes. Para unos, éstas había que buscarlas en la cabecera del
Guadalimar,
afluente por la margen derecha del actual Guadalquivir, lo que los
llevó al nacimiento del Guadalmena, en tierras de Albacete. Era el cauce
más rectilíneo, el que seguía el eje natural de la cuenca a través del
gran accidente tectónico longitudinal que delimitaba las tierras de la
Bética (al sur) con las de Sierra Morena (al norte). No obstante, una
mayoría se inclinaban por el
Guadiana Menor, afluente
por la margen izquierda. En ese caso, dudaban si el nacimiento sería el
del río de Huéscar o el de Orce, decantándose más bien por este último
en sus fuentes más altas, entre la Cañada de Cañepla y Topares, en
tierras de Almería. Sin embargo, ninguna cita romana planteó que el
nacimiento del río Baetis pudiera encontrarse en la sierra de Cazorla.
Los árabes, a lo largo de sus ocho siglos de presencia en la
península, aceptarían las dos tesis romanas para el nacimiento del río,
que pasa a llamarse
Wadi al Kebir (Río Grande), a la
que se suma una tercera minoritaria, que reclama para el origen del río
las cumbres de Sierra Nevada, por estar allí las fuentes más altas de la
cuenca (todo ello en pleno apogeo político del Reino de Granada). En
cualquier caso, la opción mayoritaria se decanta nuevamente por asignar
el nacimiento en el Guadiana Menor, que es el cauce de cabecera que
presenta más caudal, un cauce más largo y mayor cuenca vertiente. Así
pues, tampoco se plantean los árabes el origen del río en la sierra de
Cazorla. De hecho, algunos autores llegan a citar como principal
afluente del Wadi al Kebir por la margen derecha al río del Castillo de
Hornos, en aquella época drenaje del macizo central de las sierras de
Cazorla y Segura, y actual río Guadalquivir.
Habrá que esperar hasta la Reconquista de buena parte de la
jurisdicción y la ciudad de Cazorla, durante el reinado de Fernando III,
para comenzar a hablar por primera vez de este valle montañoso y
aislado donde ahora me encuentro como origen del río. Se abandona así la
tesis largamente defendida de las lejanas fuentes que nutrían al actual
Guadiana Menor, tierras que seguían en manos musulmanas. Con ello se
asume por primera que el Guadalquivir nace en la
sierra de Cazorla.
Aparte de las principales razones geo-políticas, ello tenía también
alguna lógica, porque esa opción iba precisamente a la búsqueda de las
fuentes que imaginara Estrabón en el interior de la Oróspeda griega (un
amplio territorio montañoso entre las sierras de Alcaraz, Segura,
Cazorla y aledañas).
Cuando, finalmente, la cuenca del Guadiana Menor
cae en manos cristianas ya es demasiado tarde para cambiar de decisión.
Cuencas
hidrográficas de Andalucía, con detalle de la del Guadalquivir, donde
se muestran los tres puntos de nacimiento principales a los que se ha
aludido
En la época en que se decidió oficializar definitivamente el
nacimiento del Guadalquivir, allá por el siglo XVI, una de las vías de
comunicación más favorables de estas salvajes sierras forestales pasaba
por el estratégico portillo y pradería con aguas donde yo meditaba
ahora, lugar idóneo de parada y descanso de varías huestes cristianas,
entre ellas las de Fernando III en 1243, o las de la reina Isabel “La
Católica” en 1489. Y, siendo esas las fuentes más altas del río que
remontaban, fueron finalmente las elegidas como nacimiento del
Guadalquivir.
Aguas abajo, los cristianos habían dejado un afluente por
la margen derecha más caudaloso, el río Borosa, el río Blanco de los
árabes, pero sus riberas eran muy escarpadas, casi impenetrables,
especialmente a partir del farallón rocoso del salto de los Órganos.
Y
además, por aquel entonces ese río, siendo cristiano, hacía de frontera
entre la Orden de Santiago (sierra de Segura) y el Arzobispado de
Toledo, al que pertenecía el
Adelantamiento de Cazorla (sierra
de Cazorla), con mayor influencia política y eclesiástica en aquel
momento, que era precisamente el que tenía bajo su jurisdicción a la
Cañada de las Fuentes.
Definitivamente, pienso que con el Guadalquivir se cumplía a la
perfección aquella cita bíblica que decía “La piedra que rechazaron los
arquitectos es hoy la piedra angular”. Sumido en todas estas
reflexiones, me sorprende la raya de la sombra bajando por el tajo de
enfrente, donde está la placa que habla del río. ¡Qué rápido pasa el
tiempo en el campo! El sol ha volcado por Puerto Llorente y las sombras
vienen echando su capa sobre estos profundos barrancos serranos. Casi al
mismo tiempo, un aire húmedo que me trae fragancias a pino, baja
helador desde los nacimientos. En mitad de la Cañada ha quedado un
solitario vehículo.